No es sorpresa que la forma en que el mundo avanza de manera interconectada a través de las herramientas de comunicación y, donde el tiempo y los nuevos descubrimientos parecen moverse mas rápido que las generaciones, comprender como los individuos y sociedades asumen los cambios parece una tarea interminable.
Lo que parece asombroso de creer es la facilidad con la que los individuos han hecho de las tecnologías y equipos personales extensiones de su propio cuerpo, tal como una extremidad anatómica.
Y, aún más complejo de creer, es que de acuerdo a estudios de mercado realizados a propietarios de teléfonos inteligentes publicados por el diario británico The Daily Mail, el usuario promedio revisa su móvil unas 214 veces por día, llevándolo a 1,500 veces por semana, y afirmando que lo primero que hacen en las mañanas antes de salir de cama, es revisar su correo electrónico y cuenta de Facebook.
También, ha impactado a sus portadores en el modo en que ejercen conducta social, ritmo de vida y toma de decisiones e, incluso, el síndrome de la vibración fantasma, al escuchar o sentir vibraciones inexistentes provenientes del celular, provocado por la dependencia creada hacia el dispositivo en respuesta a la ansiedad de anhelar revisar las actualizaciones o notificaciones no respondidas.
En el ensayo “La Vida es un Milagro”, el escritor y poeta norteamericano Wendell Berry plantea: “a lo que me opongo es a como nos entregamos a permitir que las máquinas prescriban los términos y condiciones de vida de las criaturas. Es fácil imaginar que la próxima gran división en el mundo será entre personas que quieren vivir como criaturas y aquellos que desean vivir como máquinas”.
Vivamos en comunidades y sociedades en las cuales las personas sean conscientes de sus decisiones, comportamientos y práctica saludable de las tecnologías; en donde estas no controlen a las criaturas, y las criaturas no vivan como máquinas.
*Este articulo fue escrito para el Periódico Primicias y publicado el 20 de octubre de 2017.
