La relatividad entre la vida y el tiempo

Probablemente es un sentimiento común el ser invadido por la nostalgia y la melancolía que dejan las despedidas y los cambios, poseen una forma particular de humillar y evocar que no se está en control, mientras somos aterrizados a la vulnerabalidad de la condición humana y finita.

Caer en cuenta que la vida se mueve constantemente, el cuerpo humano sucumbe en decrepitud y vejez y, que como gotas que se resbalan de las manos, no se puede retener el tiempo en una botella.

¿Qué no es irónico como siempre se piensa tener todo el tiempo en el mundo? Se hacen planes que no sabes si sucederán o si las circunstancias inoportunas te sorprenderán como una manada de lobos salvajes arrojándose hacia ti.

Acaso se permite que la rutina de lo ordinario ciegue nuestros ojos haciéndonos sentir desorientados, vendiéndonos la ilusión de la relatividad del tiempo, entonces manifestada en un laberinto de procrastinación sin salida.

En su fragmento “Lo Corto de la Vida”, el filosofo y escritor romano Séneca lo ilustra con su pluma de la siguiente forma: “No es que tengamos poco tiempo para vivir, pero desperdiciamos tanto de este. La vida es suficientemente larga, y nos ha sido dada en medidas generosas para alcanzar las cosas más maravillosas, si el todo de esto es bien invertido. Pero cuando la vida es despilfarrada a través de suave y descuidadas vivencias, y cuando se gasta en búsquedas con poco valor, la muerte finalmente presiona y nos damos cuenta que la vida que nunca notamos pasar, ya ha pasado”.

Mientras que, el poeta británico William Shakespeare sugiere que “El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que tienen miedo, muy largo para los que se lamentan, muy corto para los que festejan, pero, para los que aman, el tiempo es una eternidad”.

Pareciera que en comparación a la edad de la tierra y a la linea de tiempo de la historia, el hombre es un breve respiro, y su memoria perece con el aliento final de la última persona que le conoció.

Vivamos conscientes de que la vida es un reloj de arena en modo regresivo y, aunque sea difícil de digerir, cada día que pasa es un día menos en el calendario de nuestra existencia, un día que no volverá, ni se repetirá.

Quizás esta verdad pueda quemar como un relámpago en el alma, despertando a vivir extasiados de osadía, pasión y prioridades innegociables, presentes en el tiempo, lugar y compañía concedidas, y coartando las tareas hechas con voluntades desidiosas y mecanizadas.

*Este articulo fue escrito para el Periódico Primicias y publicado el 04 de febrero de 2018.

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